Área: Ciencia / Poder
Nivel: Intermedio-Avanzado
Antecedentes: Materialismo dialéctico en la era de los sistemas opacos y Hackeando la Hegemonía: El Aula como Intersticio


La Complicidad de la Abstracción Científica

El aula es un espacio que debe recuperarse para hackear el poder hegemónico, y en este espacio la ciencia no puede seguir presentándose como un territorio neutral. La forma en que enseñamos a leer el mundo —qué cuenta como conocimiento, qué se considera valioso, qué se nombra como progreso— prepara el terreno donde más tarde la abstracción científica se justificará a sí misma. La ciencia no empieza en el laboratorio; empieza cuando se enseña a no preguntar para quién sirve lo que se aprende.

En países como México, Brasil o India, esa continuidad se vuelve especialmente visible. Con recursos públicos escasos, sostienen investigación altamente abstracta integrada a circuitos científicos internacionales que rara vez retorna en forma de beneficio local. No es excepción ni anomalía nacional: es posición estructural. En los países más empobrecidos, esa ciencia simplemente no existe; en aquellos que concentran poder económico y capacidad de imponer reglas globales —Estados Unidos, Europa occidental, Japón— se sostuvo históricamente con excedentes de extracción colonial y en infraestructuras capaces de traducir abstracción en dominación. La paradoja es que quienes están en medio tienen lo necesario para producir conocimiento de frontera, pero no para decidir a quién sirve.

La agencia fractal del intelectual, cuando actúa desde países como México o India, emerge dentro de esa tensión: formar parte de una comunidad global de conocimiento sin controlar las condiciones materiales que determinan quién puede activar ese conocimiento y convertirlo en poder. No es falla moral individual. Es fricción estructural.

Frente a esa fricción, la respuesta dominante ha sido un enunciado aprendido temprano, muchas veces en el aula misma: “el fin de la investigación científica es generar conocimiento para beneficio de la humanidad”. Esta frase opera como anestesia ética. Si la repetís lo suficiente, dejás de preguntarte lo evidente: ¿quién se beneficia realmente?, ¿por qué trayectos se aprovecha?, ¿con qué infraestructuras?, ¿a costa de quién? La abstracción se convierte en refugio: no hay responsabilidad visible porque la aplicación no es responsabilidad del investigador.

Pero esto es mentira funcional. Cuando un investigador en México produce conocimiento con salario público, becas del CONAHCyT, infraestructura universitaria financiada con impuestos, y ese conocimiento fluye inmediatamente hacia circuitos corporativos o académicos del Norte Global sin retorno local tangible, invocar “beneficio de la humanidad” no es visión de largo plazo: es blanqueado moral. Es usar retórica universalista para justificar extracción de recursos públicos hacia beneficio privado y prestigio personal. El SNI no premia apropiación local; premia integración a circuitos internacionales. Esto no está mal per se, pero llamarlo servicio a la humanidad cuando en realidad es estrategia legítima de movilidad individual es cinismo estructural.

Las ciencias físico-matemáticas son particularmente propensas a esta justificación porque su legitimidad no depende de utilidad inmediata, sino de coherencia interna. Esa coherencia es su potencia intelectual, pero también su blindaje político. Puede coexistir sin fricción con sistemas profundamente extractivos. El conocimiento fluye hacia donde existen las infraestructuras para activarlo: corporaciones, complejos militares, plataformas tecnológicas. La humanidad invocada se vuelve una humanidad futura, abstracta y deslocalizada que coincide, casi siempre, con quienes ya poseen los medios para capturar ese saber.

Desde una perspectiva fractal, el problema no es la abstracción. El problema es la ficción de neutralidad. La verdad matemática no tiene orientación moral intrínseca. La orientación surge de las trayectorias del conocimiento y de las estructuras que lo vuelven utilizable. Publicar no democratiza. Declarar “beneficio para la humanidad” no universaliza. Si creés que sí, preguntate quién lee tus papers, quién tiene infraestructura para implementar tus modelos, quién captura el valor de lo que producís. En muchos casos, la respuesta es incómoda.

Esta contradicción se vuelve extrema en campos como la inteligencia artificial, donde la captura no es hipotética sino inmediata. Investigación financiada públicamente alimenta directamente infraestructuras corporativas; los costos energéticos y sociales se socializan; los beneficios se concentran. Y aun así, el discurso universalista persiste. Aquí la abstracción no solo encubre extracción: la normaliza.

Decir “la aplicación no es mi responsabilidad, alguien más debe hacerlo” es abdicación conveniente. Si el investigador no es responsable de las trayectorias de apropiación pero sí cobra prestigio y salario por producir ese conocimiento, entonces está operando como infraestructura extractiva con buena conciencia. No se trata de exigir que cada matemático se convierta en activista, pero sí de rechazar la coartada de inocencia. Si no podés orientar tu trabajo hacia apropiación local, al menos no lo justifiques como altruismo universal.

Reconocer que la formación de un investigador consume tiempo social, salarios públicos e infraestructura no implica exigir devolución ni convertir la ciencia en instrumento moral. Implica algo más incómodo: honestidad direccional. Si tu investigación no puede ser apropiada por quienes la financiaron —no por incapacidad de ellos, sino por diseño del sistema— entonces admitilo. Decí que estás operando dentro de una estructura extractiva. Podés seguir haciéndolo, es una opción legítima de supervivencia profesional, pero no lo disfracés de servicio a la humanidad. No uses retórica universalista para encubrir trayectorias de captura específicas.

La honestidad direccional no exige sacrificio ni renuncia. Exige reconocer posibles bifurcaciones. Preguntate si tu curiosidad legítima puede orientarse hacia trayectorias menos capturables; si, a igualdad de condiciones personales, existe una opción que amplíe el conjunto de actores capaces de apropiarse del conocimiento. La diferencia entre estudiar funciones elípticas como ejercicio puramente ornamental y hacerlo como base para criptografía democrática no es técnica: es política en sentido material. Cambia quién puede usar ese conocimiento y bajo qué condiciones.

Esta lógica atraviesa toda la ciencia. Las matemáticas de redes pueden optimizar plataformas extractivas o fortalecer economías solidarias. La teoría de control puede alimentar vigilancia automatizada o regular micro-redes energéticas comunitarias. La estadística puede servir a la especulación financiera o a la epidemiología participativa. La elección no es entre ciencia pura y aplicada, sino entre infraestructuras de captura e infraestructuras de apropiación.

Aquí la docencia vuelve a ser central. No como transmisión de contenidos, sino como interrupción del dogma. Enseñá a leer el desorden. Mostrá que el conocimiento viaja, que no todos pueden activarlo y que esa asimetría no es natural.

Introducir estas preguntas no politiza la ciencia: revela la política que siempre estuvo ahí. Un estudiante que aprende a formularlas no pierde rigor; pierde la inocencia funcional que el sistema necesita para reproducirse sin fricción.

Nada de esto se decide en ministerios, congresos o rectorías. Esos espacios están largamente capturados. Se decide en elecciones cotidianas: en cómo se presenta el sentido del trabajo intelectual, en no invocar una humanidad abstracta para justificar trayectorias evidentemente capturadas, en aceptar que no toda curiosidad es emancipadora por defecto. En llamar las cosas por su nombre, aunque incomode.

La ciencia físico-matemática no necesita menos abstracción ni menos rigor. Necesita menos mentira. Necesita que dejemos de usar “beneficio de la humanidad” como salvoconducto moral para operar como nodos extractivos con buena conciencia. Si trabajás con financiamiento público desde la periferia y tu conocimiento alimenta circuitos de captura en el centro, decilo. No te escondás detrás de la neutralidad. En un mundo saturado de justificaciones abstractas al servicio de capturas concretas, la negativa a mentir —esa decisión silenciosa de llamar a las cosas por su nombre— es una forma modesta, pero profundamente real, de agencia fractal.



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